Texto: Nacho BonillaFotografías: Álex Meavilla, Luis Vallejo, Nerea Ruiz
Esta historia nace entre mochilas apoyadas en una pared, conversaciones rápidas entre clase y clase y un grupo de estudiantes intentando resolver preguntas importantes: quién juega, quién entrena, quién trae camisetas y quién convence a los demás de que aquello puede salir bien.
Nos vamos hasta el año 2020, al centro San Valero, donde empezaba a tomar forma un equipo para la Copa Colegial, en la que nunca habían participado. Se llamarían Minotauros. Un nombre grande para un equipo que, en realidad, se estaba construyendo de la forma más sencilla posible: entre amigos. Un ejemplo de autogestión. Los Minotauros solamente estuvieron durante dos años en la Copa Colegial, lo que aguantó la generación de jugadores que lo impulsaron y lo que les permitió una pandemia con la que ni ellos ni nadie contábamos. Pero algunos se quedaron enganchados de la competición en la que habían disfrutado como jugadores junto a sus amigos.
Dos de ellos, Mario Gómez y Pablo Contamina siguen en la actualidad siendo partícipes importantes de la competición: dejaron el balón y cogieron el silbato. Hoy en día son dos de los árbitros referentes en la Copa Colegial y ya llevan a sus espaldas más partidos dirigidos que jugados.
Mario Gómez todavía recuerda aquellos primeros días en los que los Minotauros eran solamente un proyecto. “El mejor recuerdo que tengo son las primeras reuniones, los primeros entrenamientos en el patio del colegio y, sobre todo, el hablar con las clases para ver quién quería jugar en la Copa Colegial. Fue un proceso emocionante que nos unió como equipo”.
No había una plantilla hecha de antemano. Ni siquiera una idea muy clara de cómo iba a funcionar todo. Pero sí había algo que suele ser suficiente cuando uno tiene dieciséis o diecisiete años.
Ganas.
Pablo Contamina lo recuerda casi como una pequeña conspiración entre estudiantes. “Era emocionante estar en los recreos o juntarnos entre clases para sacar cinco minutos y organizar el apuntarnos a la competición, las camisetas, los horarios…”.
Cada uno llegaba desde un lugar diferente. Algunos jugaban en clubes distintos. Otros llevaban años compartiendo pista en el colegio. Ahora tocaba hacer algo más complicado: aprender a jugar juntos. “Cada uno jugaba en un equipo diferente y nos teníamos que adaptar a cómo jugaba el resto”, explica Pablo.
Y, sin embargo, lo hicieron.

El ruido de un pabellón
El inicio había sido muy esperanzador. El 6 de febrero de 2020, Minotauros San Valero debutaban con victoria, un ajustado 37-40 en la pista de Silos. La siguiente ronda los llevaría a su propio pabellón, donde recibían a uno de los históricos de la competición: Leones Marianistas en octavos de final. Sorpresa y victoria incontestable por dieciocho puntos de ventaja (52-34) llamando la atención por su estilo. Como decía la crónica de aquel día “unos Minotauros haciendo basket de potrero, de chispazos en busca de la espectacularidad, de jugones que no suelen jugar juntos más que en el patio en las horas de recreo. Su madurez frente a la juventud de Marianistas. Y la tarde nos hizo disfrutar.”
Vaya si nos hicieron disfrutar. Porque estaban ya en cuartos y tocaba enfrentarse a Miguel Catalán Tigers.
Si preguntas a los jugadores de aquella edición por los partidos, muchos no empiezan hablando de canastas. Empiezan hablando del ambiente. Del ruido. De las gradas. Porque hay algo especial en los partidos de la Copa Colegial que no se parece demasiado al baloncesto de clubes: juegas en tu propio colegio, delante de tus amigos, delante de los profesores que te ven cada mañana en clase.
Pablo lo tiene grabado en la memoria. Era un viernes por la tarde. Pabellón de San Valero. “Tan solo recordar el ambiente que había… ver a mis amigos de toda la vida sentados en la grada animando y a los profesores con una sonrisa al ver que hacíamos lo que nos gusta… eso no se me va a olvidar en la vida”.
Aquel partido terminó en derrota. Pero eso, en realidad, es solo un detalle. “Haber llevado a nuestro instituto tan lejos siendo nuevo en la competición es algo que recordaré de por vida”.
Mario guarda otro recuerdo muy concreto: el día que debutaron en la Precopa, el paso anterior a entrar en el cuadro de eliminatorias. “Jugamos esa Precopa en el colegio Sagrada Familia. Los momentos previos al partido, el speech de nuestros entrenadores… entramos a la pista muy motivados”.
Ese tipo de momentos que parecen pequeños cuando suceden, pero que años después se quedan a vivir en la memoria. “Fue una experiencia única que me enseñó a trabajar en equipo y a superar obstáculos. También recuerdo la alegría de ganar algunos partidos y la tristeza de perder otros, pero sobre todo, el orgullo de representar a nuestro colegio en una competición tan prestigiosa como la Copa Colegial”.

Lo que queda cuando termina el torneo
La Copa Colegial tiene algo inevitable.
Termina rápido.
Cada partido es una final. Y, además, te haces mayor también con rapidez. Un día estás jugando cuartos de final en tu pabellón y, casi sin darte cuenta, llega la universidad, cambian los horarios, cambian las rutinas, cambian las vidas.
Pero hay cosas que no se pierden.
La amistad, por ejemplo.
Pablo y Mario se conocen desde 2014, cuando eran compañeros en primero de la ESO. Más de una década compartiendo aulas, recreos y partidos. “Para mí Mario es uno de mis mejores amigos. En bachillerato nos separamos porque cada uno escogió la rama que más le gustaba, pero la amistad jamás se separó”, dice Pablo. Mario responde con la misma naturalidad. “Pablo tiene un corazón enorme. Nuestra relación va mucho más allá del baloncesto. Empezamos como amigos en el instituto y seguimos y seguiremos siendo amigos”.
Quizá por eso el siguiente capítulo de esta historia también lo empezaron juntos.

El otro lado de la cancha
Algunos jugadores dejan el baloncesto. Otros encuentran nuevas formas de seguir dentro.
Mario llevaba tiempo pensando en ello. “Desde el primer momento que jugué siempre dije que ojalá algún día pudiera ser árbitro y sentir lo que se siente al liderar un partido”.
Pablo, en cambio, ya llevaba tiempo dentro del mundo arbitral, aunque desde otra función. “Cuando jugué la Copa Colegial ya estaba apuntado como oficial de mesa”. La historia, en su caso, tenía incluso un punto familiar. “Todo empezó gracias a mi madre, que fue oficial de mesa en los años 80 y 90, pero tuvo que dejarlo al nacer mi hermano mayor. Ella volvió a anotar en el 2017-2018 junto a mi hermano, que fue el primero en entrar en el mundillo. Y en la 2019-2020 decidí apuntarme y, tras 2 temporadas, hice el cambio a árbitro”.
Con el tiempo, ambos acabaron coincidiendo en el mismo lugar: el curso para convertirse en árbitros.
De repente, el juego se veía desde otra perspectiva.
Muy distinta.

Aprender a equivocarse
Arbitrar no se parece demasiado a jugar. El jugador vive el partido desde la emoción.
El árbitro, desde la responsabilidad. Cada decisión se toma en décimas de segundo.
Y no siempre se acierta.
Pablo lo explica con mucha claridad. “Lo más complicado es convivir con el error. A nadie le gusta fallar, pero es algo que tenemos que aprender a gestionar”. Mario habla de otra dificultad: mantener el criterio. “Aunque la grada y los equipos aprieten, tienes que apoyarte en tu compañero y mantener la misma línea durante todo el partido”.
Es otra forma de vivir el baloncesto. De forma más silenciosa y reflexiva. Pero igual de intensa.
Hoy, cuando Mario Gómez y Pablo Contamina pisan una pista de la Copa Colegial, los conocemos como Peña (segundo apellido de Mario) y Laplaza, una curiosa historia que nos relata el propio Pablo: “es mi alias en el arbitraje y es mi sexto apellido. El resto de mis apellidos estaban cogidos como alias anteriormente. Me hubiera puesto alguno de los dos primeros, pero ya estaban cogidos por mi hermano y mi madre respectivamente. Ahora de momento me he quedado con ese ya que honra uno de ellos apellidos de mi abuelo”.
Ya no esperan un pase ni buscan el aro. Llevan silbato. Observan el juego. Toman decisiones. Pero hay algo que no ha cambiado. Siguen recorriendo los mismos pabellones donde un día jugaron.
“Es una sensación increíble”, explica Pablo. “Vivir la competición desde los dos lados es muy emocionante”. Mario lo resume de manera sencilla. “Ahora veo los partidos de forma más analítica, pero sigue siendo emocionante ver cómo los equipos se esfuerzan por ganar”.
Quizá por eso el consejo que dan a los jugadores actuales es siempre el mismo.
Disfrutar.
“Que se olviden del marcador y se centren en jugar al baloncesto”, dice Mario. “Que disfruten cada momento con sus compañeros”, añade Pablo.
Porque la Copa Colegial pasa rápido. Pero hay cosas que se quedan para siempre. Las amistades. Los recuerdos. Y, en algunos casos, la sensación de seguir formando parte de la historia.
Al fin y al cabo, la leyenda era cierta. En la Copa Colegial hubo Minotauros.
Y algunos de ellos… todavía siguen en la pista. Solo que ahora llevan silbato.















